Ésta es, señores, la breve historia de una
pasión, de un amor arrebatado y loco. La historia de una mujer, Felicitas, que
se enamoró perdidamente de un hueso de jamón.
Aquella noche había dormido en un hotel. Cuando llegué,
Isabel, mi mujer, me abrió la puerta, me saludó sin más, y me dirigí en
silencio al que, hasta esa noche había sido mi dormitorio. Mi casa
Debido a mi trabajo suelo
viajar a menudo. Me llamo Vern Whitman y
soy jefe de zona de una importante firma editorial implantada en
casi todo el país. La central se halla en Chicago, donde vivo.
Era un bar pequeño,
antiguo, de barriada, de bocadillo y cerveza, de partida de dominó, de inextinguible olor a tabaco y
fritura, y de cierta y fija
clientela. Era sábado anochecido, y los sábados por la tarde apenas entraba
nadie.
Cuatro amigas: Mary Carmen,
Ana, Ángela y Lidia, se conocían desde la más tierna infancia. Nacidas
en el mismo y floreciente barrio, crecieron y estudiaron juntas desde preescolar.
Habían celebrado su primera comunión el mismo día, y cada una asistió a la boda
de las otras como invitada de honor y en un periodo de tiempo que no sobrepasó
el año.
Estoy mirando la televisión
echado en una especie de cheslón que
parece hecha a mi medida. Los frenéticos cambios de la pantalla no me dejan
entender nada. Y sólo miro.
Con el pollo I Can´t Ge No
entre ceja y ceja, mi cuñado y Agostiño decidieron, como ya dejaron de
manifiesto, y tras el chasco de La Alcayata
D´or, documentarse sin escatimar esfuerzo ni dedicación.